Boletín de la Comunidad Judía Bet Januká de Andalucía

Reflexiones sobre la Parashá Hashavúa Jukat (Bamidbar 19:1-22:1)

¿De dónde viene el éxito de Israel como pueblo a lo largo de los siglos de su existencia como tal? ¿De dónde puede provenir la fuerza que le ha llevado a prevalecer sobre las desgracias, la esclavitud, las persecuciones, invasiones o exterminios que ha tenido que padecer desde sus propios orígenes hasta incluso hoy día, tantos siglos después? Yo creo que hay un elemento común que puede explicarlo: la Unidad en la Fe.

Cuando en la Parashá Jukat se nos describe, incluso como si fuera una anécdota, que durante el viaje por el desierto del pueblo de Israel hasta la Tierra del Pacto todos los pueblos autóctonos por donde tenía que transitar se oponían firmemente a facilitar el paso a Israel, incluso por la fuerza si fuera necesario, revela a mi juicio una cosa evidente, y es que el mismo ya no se trataba de una amalgama caótica, relativamente pequeña y desorganizada de ex-esclavos que salieron con lo puesto y a toda prisa de Mitzraim, un puñado de nómadas inofensivos e irrelevantes susceptibles a someterse a cualquier potencia que les diera amparo y cobijo.

No, ya no era así, sino que Moshé y Aarón, como líderes del Pueblo de la mano de Hashem habían logrado organizar a una sociedad compleja, le habían dotado de leyes genuinas, auténticas y personalizadas, y de una identidad social y religiosa propia y diferenciada de la del resto de pueblos que los rodeaban. Y todo ello, aglutinado a Israel en torno al servicio de Dios, y a la especial relación con Él que se había establecido. Así, en el relato de la Parashá, se pone en evidencia que ya habían pasado varias generaciones desde la salida de Egipto, y que el número de los integrantes de Israel lo habían convertido en una potencia muy a tener en cuenta. Las doce tribus originarias se habían aglutinado en torno al Tabernáculo de Adonai, a la Tienda del Encuentro, y ello se evidencia en el propio Sefer Bemidbar, al relatar con todo lujo de detalles su número y, por ello, todo el proceso complejo que había de desarrollarse para levantar y asentar el campamento en su peregrinación.

Me imagino a los gobernantes de Edom, Arad o Arnón hasta su llegada a Yerijó, intranquilos y sus poblaciones entrando en pánico, contemplando como miles, cientos de miles de israelitas se adentraban en sus dominios, perfectamente ordenados y motivados bajo el liderazgo fuerte de Moshé y Aarón y con los relatos de las hazañas del poder de ese Dios que los sacó de Mitzraim hablando por ellos. Expresamente se puede comprobar la veracidad de este miedo, cuando en la Haftará de la Parashá Shelaj (Josué 2:1-24), la mujer que esconde a los espías israelíes que habían ido a reconocer la ciudad de Yerijó, les confiesa “yo sé que el Eterno ha entregado esta tierra a ustedes, que ha caído el miedo a ustedes sobre nosotros y que todos los habitantes de la tierra se han derretido a causa de ustedes”.

Un pueblo que no está unido no prospera, se divide y acaba disgregándose o siendo dominado o conquistado por otros pueblos más fuertes y determinados. Un pueblo que no encuentra motivos de unión, está condenado a desaparecer, a disolverse con el paso del tiempo o los avatares de la historia. Pero eso no pasó con el Pueblo Judío, porque él sí tuvo una argamasa tan fuerte, que permaneció uniéndolo hasta en la desgracia y el destierro, hasta en la diáspora y la dispersión de sus miembros por toda la faz de la tierra; y ese pegamento fuerte fue una unión firme basada en su fe a Adonai. Pese a sus tiras y aflojas, pese a sus sinsabores y desencantos, pese a sus pecados y olvidos de los mandamientos divinos.

El Pueblo de Israel siempre ha sido el mismo y lo será, porque siempre ha tenido una unión indisoluble e irrompible con su Dios; un matrimonio que se basó desde el principio en el amor y no en la conveniencia. Hoy día, el Pueblo Judío ha cambiado en su forma, en su lugar de residencia, sus gustos o visión de la vida, incluso en su diverso color de piel, pero no en su esencia: su amor a Dios y el amor de Él hacia su Pueblo. Esa es su riqueza, ese su poder, ese su éxito, ese su pasado y ese es su futuro, un futuro prometedor si sigue unido en esos principios.

Pero para que eso siga siendo así, el Pueblo debe ser también consciente de que no hay judíos buenos o malos; que no hay más o menos observantes o laicos, más o menos apegados o no a la tradición, judíos israelíes o en la Diáspora, sino que todos somos el Pueblo, y precisamente por ello, y aunque haya judíos para los que pueda parecer lo contrario, la diversidad no hace sino unirlo y enriquecerlo más si cabe, y darle mucho más sentido en este Siglo XXI. El mundo cambia y las personas se adaptan, pero la esencia de Israel seguirá siendo la misma porque no depende de los avatares de la historia sino del Espíritu, y éste es inmortal. Como dijera la Rebetzin Esther Jungreis, sobreviviente de la Shoá, “No sabía si yo sobreviviría, pero sí estaba segura de que el pueblo Judío sobreviviría”. Así sea.

Shabat shalom  – Rafael Mateo

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