Boletín de la Comunidad Judía Bet Januká de Andalucía

Ajaré Mot-Kedoshím (Vayikrá 16:1-20:27)
¿Existen distintos grados para el perdón? De hecho, ¿se puede condicionar una vez que se otorga? Quizá en el judaísmo el concepto del perdón es un elemento que permanentemente flota en el ambiente de todo este Sefer Vayikrá y, me atrevería a decir, casi de toda la Torá. El ser humano transgrede porque es imperfecto, porque está sujeto y condicionado, lo quiera o no, del envoltorio material que le envuelve, de la sociedad en la que vive, de sus propios gustos, sentimientos, inclinaciones, etc. Y por ello siempre está necesitado de perdón, pero también de perdonar a los demás.

perdon

Cuando siguiendo esos dictados, ofendemos al prójimo, podríamos decir que atentamos contra la moral o la ética, y si lo que transgredimos fue una ley u otra norma, sería una falta o un delito; pero si lo que fallamos es a Dios y a nuestra relación con él, entonces la ofensa se convierte en una transgresión. Y es tanto en este como en el primer caso donde cabe el perdón como reacción por la otra parte, donde tiene todo su sentido. Siguiendo esta argumentación, en estas Parashiot se sientan las bases más fundamentales del Judaísmo, que es amar a Dios y al prójimo. Así, cuando en la Parashá Ajaré Mot se narra con todo detalle cuáles debían ser los sacrificios que se ofrecían en el templo el día más sagrado del año, el Yom Kipur o Día del Perdón divino hacia el Pueblo de Israel, la Torá eleva el perdón a algo sagrado, algo que no puede ser tomado a la ligera. Y cuando en la Parashá Kedoshim se establece solemnemente las Mitzvot de “amaras a tu prójimo como a ti mismo” y “no odiaras a tu hermano en tu corazón y no te vengaras y no guardaras rencor”, se hace una gran revelación, que es que el que perdona de verdad, en cierta forma, está haciendo algo sagrado.

Es necesario amar para poder ser amado, perdonar, para poder ser perdonado. En este sentido me parece clave que se establezca en el ritual de Yom Kipur, que aquel a quien se encargaba salir fuera del campamento para deshacerse del chivo expiatorio, debía lavar sus ropas y su piel antes de entrar en el campamento, lo mismo que el Kohen Gadol antes y después de los sacrificios de ese día. La conclusión es clara: el perdón que ofrece Dios a su pueblo es total, sincero e íntegro, o no sería tal perdón. Todo lo pasado queda fuera, toda huella de la ofensa o la transgresión, queda limpia y purificada. Ya no se vuelve a hablar más de ello porque es como si no hubiera pasado, y no permanece más en ninguna cuenta que luego reclamar o recriminar al infractor. Y si ese regalo nos lo hace el Eterno cada Yom Kipur, su perdón sagrado, y si además Él quiere que “seamos santos como Él es Santo”, ¿Por qué no somos capaces de perdonar del todo a nuestro prójimo? ¿Por qué no amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, por qué odiamos y guardamos rencor? En definitiva: ¿por qué nos tomamos a la ligera el acto de perdonar?

Cuando cada noche hacemos ante Dios la declaración de intenciones del “Ribonó shel olam …”, para perdonar y disculpar a quien nos haya ofendido aunque haya sido involuntariamente, ¿de verdad hay una intención sincera en nuestras palabras? Sin embargo, la realidad habla por nosotros. No perdonamos nada, no callamos ante nada, no dejamos que nada altere la ciudadela en la que nos instalamos para que nadie nos haga daño. No hace falta entender al otro, ni preguntarle cuáles han sido las circunstancias que le han llevado a ser como es, eso no importa, ¿para qué? No solemos dar muchas oportunidades. Cuánta falta nos hace lavar las ropas y purificar nuestro cuerpo y nuestra alma antes de volver al campamento, libres de esa carga. No es eso lo que el Eterno quiere de nosotros; Él quiere un perdón total, pero también un arrepentimiento sincero por la otra parte. En definitiva, la Torá quiere que seamos realmente libres.

Aprendamos verdaderamente a pasar página y acercarnos más que a alejarnos; no es fácil, pero hay que intentarlo de corazón. Y no tengamos miedo a cambiar de opinión, de actitud, de forma de ver y tratar a los demás, sobre todo cuando fallan, cuando se equivocan, porque a lo mejor nosotros también estamos equivocados. Como dijo el escritor Fernando Pessoa,

“llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos”.

Pienso que nunca seremos tan esclavos de nuestros actos que no podamos enmendarlos, sobre todo si se trata de perdonar, y esto está en la esencia de la Torá misma, y si decidimos perdonar al otro, debe ser con todas las consecuencias. Derribemos pues esos muros efímeros que hemos levantado con los demás, allanemos el camino a nuestros corazones y adquiramos la libertad que proporciona vivir, por fin, en paz con los demás y sobre todo, con nosotros mismos.
Rafael Mateo

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La parashá Ajaré Mot-Kedoshim y el concepto del perdón en el judaísmo

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