Boletín de la Comunidad Judía Bet Januká de Andalucía

Reflexiones sobre la Parashá Hashavua Vaetjanán (Deuteronomio 3:22-7:11)

Si hay alguna cualidad de Moshé Rabenu que más ha cautivado siempre, es precisamente aquella que es menos evidente en el relato de la Torá, que es su humanidad. Moshé, el gran profeta, el líder militar y espiritual del Pueblo, el hombre fuerte y decidido que siempre actuaba en conciencia y con la voluntad de Dios en la mente y en la boca; aquel que fuera elegido por el propio Hashem para sacar a Israel de la tierra de Mitzraim, aquel que hablaba con la Columna de fuego en el Tabernáculo y por cuya intersección se abrieron las aguas del mar de Suf y fueron escritas las Leyes sagradas en piedra. Aquel Moshé, era humano y, en consecuencia, también se equivocaba.moses_by_Michelangelo1

Después de tanto pasado, de tantos sufrimientos y penurias y de consagrar por completo su vida a la misión encomendada guiando, educando e intercediendo por un Pueblo la mayoría de las veces desagradecido, inseguro y desleal a él y a Adonai, ¿cómo no desear con todo su corazón poder ver finalizada su tarea y ver con sus propios ojos aquella tierra que generaciones atrás ya se prometiera a los Patriarcas? ¿Acaso no se lo había ganado? ¿Acaso no era digno de ello, cuando ya estaba justo delante de lo único que se interponía entre él, el Pueblo y la tierra que era el río Jordán?

Y cargado de razones, le pidió el favor de ver cómo la promesa se hacía realidad; una recompensa sin duda merecida, por todo su esfuerzo, lealtad y dedicación incuestionable. Y estoy convencido de que en ese momento pensaría que era lo justo, y que, si Dios a su vez es justo, debía concedérselo sin ningún problema u objeción, porque “era lo lógico”. Sin embargo, no fue así. Me imagino a Moshé, sabiendo que ya le quedaba poco de vida, sorprendido una vez más por la respuesta de Hashem, no dando crédito a lo que estaba escuchando, e insistiéndole en su petición, porque a lo mejor había habido algún malentendido. Pero no, y aquel que nunca había pedido nada para sí mismo, vio rechazado incluso con enfado lo único que había solicitado. “El Eterno me dijo: ¡Que te baste ya! No sigas hablándome más de este asunto. Asciende a la punta de la cima (…) y mira con tus propios ojos pues no cruzarás este Yardén”.

Cuántas veces nos hemos esforzado mucho en algo, cuántas habremos volcado nuestro tiempo, estudio, dinero e ilusión en algún proyecto o empresa, y luego no se ha cumplido o no se ha producido el resultado que esperábamos. Qué decepción, qué injusticia, que pérdida de tiempo. Y, claro, como nosotros hemos sido a nuestros ojos los que hemos cumplido, lo que hacemos es culpar a los demás, a las circunstancias, o incluso a veces al propio Dios de nuestra derrota. Alguien tiene que tener la culpa, porque no he podido ser yo. Si he puesto todo mi empeño, si he hecho tantos méritos y tengo un currículum tan completo y maravilloso, si algo falla no soy yo. Es normal sentir eso, es totalmente humano, hasta le pasó al propio Moshé: “pero el Eterno se encolerizó conmigo a causa de ustedes, y no me escuchó”. Pero no por ser normal, es lo correcto.

Creo que en este mundo tan absolutamente competitivo y despiadado, en el que hemos pasado de ser personas a ser meros números, clientes o usuarios, hemos perdido la perspectiva de lo realmente importante. Creo que alcanzar la meta y obtener resultados se ha vuelto tan trascendental, que el proceso para conseguirlos se ha vuelto irrelevante, aunque sea éste lo que realmente ha supuesto un cambio verdadero en la persona que lo experimenta, y no tanto el final del viaje. Y nos desesperamos, nos enfadamos y vivimos en un continuo estrés. Y qué decir si encima dicho resultado debía ser la consecuencia de un arduo, largo y duro trabajo que, al final, se frustra… La paciencia desde luego, no es una de las virtudes más apreciadas de nuestros tiempos; lo sé por las innumerables veces yo carezco de ella.

Tendemos a olvidar que fue el paso por el desierto lo que realmente forjó al Pueblo de Israel como tal; el tiempo y la experiencia vivida previamente y no el simple cruce de un río. Por eso recordamos y rememoramos esta aventura cada año en nuestra experiencia judía, para aprender de ella, y siempre hay algo nuevo que descubrir. Quizá esa fue la enseñanza que Adonai le regalara a Moshé con su negativa a que cruzara el río: que la vida que había vivido y todo lo que había hecho por su Pueblo era en sí recompensa más que suficiente y que ya era hora de pasar página. Ser conscientes en nuestras vidas de esto y aceptarlo cada vez que algún trabajo, esfuerzo o deseo se tuerza,  supondría dar un gran paso en nuestra maduración personal. Porque en esto, no caben culpables ni castigos. Shabat shalom  – Rafael Mateo

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Tema de estudio esta semana

La parashá Vaetjanán y el concepto de “responsabilidad” en el judaísmo

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